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domingo, abril 13
Lunes
Mañana es lunes. En apenas unas horas. Pero no a las cero, no. El lunes arranca a eso de las siete, cuando la ciudad despierta.

Estoy con ganas de vivirlo un rato antes.

Arrancaré sin desayunar. Suelo demorar mucho en bañarme y en elegir la ropa. Al bañarme pienso, pienso mucho: el ruido casi blanco del agua es un canal ideal para mi pensamiento. Así que divago el baño, al ritmo del jabón y las gotas, rantifusas notas que decoran mil mundos ideales, discusiones. Se llevan la espuma de mi ayer y algunas memorias. Ven mis nuevas canas.

En cuanto a ropa tengo para elegir entre varias camisas blancas.
Debo lustrar mi par de zapatos.

Odio el ómnibus, pero eso ya lo saben. Por el momento no puedo evitarlo, dependo de él. De todas formas es divertido ver como mis enemigos diarios también sufren la misma tortura; sólo nos diferencia la camiseta, y por supuesto, las hinchadas. Los autos no pueden aún evitar los semáforos, muchísimo menos las mil riñas que gustosos esponsorean. Les deseo lo peor.

Por fin llego a esa ventanilla de oficina donde defenderé con uñas y dientes a mi reciente empresa. Esa que paga mis blancas camisas y el baño de mis nuevas canas. Acá encuentro personajes de todo tipo, mis rivales del presente: pseudoricos, almost yuppies from La Unión; piensan que me pueden llevar puesto, son mi rival favorito.

Pasa que su conducta es arrolladora: zapatos, lentes negros, perfume francés, auto americano. Vienen a defender peces más gordos que ellos, de zapatos italianos, lentes negros, perfumes franceses, coches alemanes. Suelen trancar y ganar: se llevan la pelota con todo y jugador. ¿Por qué? Porque a nadie le importa: parece estar asumido que ellos tienen predestinada la victoria, pararse delante de ellos es sólo una demora, un obstáculo dañino. Como cuando se tapa la grasera. Es al pedo.

Algunos de ellos al verme cambian su mirada, sobre todo las féminas: no terminan de aprender las ventajas de una cara de póker. Saben que estoy para romperles los huevos. Los tipos ocultan su ira temporal tras los Ray Ban y un chicle Beldent.

¿Para qué chocar? Igual terminan ganando, ya me lo han dicho, ya lo he experimentado. No es sólo la tranquilidad de saber que se salieron con la suya a pesar de uno, o que si hubieran habido más intentos como el propio por parte de los ajenos ese partido no hubiera sido de ellos.

Es sólo el placer de la lucha, de la discusión. De ganar. De tener el poder de doblegarlos por un instante.

El inconsciente no existe, acá no hay lucha de clases. Es red neuronal contra programa estándar, ganas contra inercia, yo contra él. Y ahora no sé por qué, pero me está gustando mucho ganar.

Me pagan para eso. Aunque podría no hacerlo e igualmente me pagarían, porque repito por si a alguien aún no le ha quedado claro, a nadie le importa. Así intento una y otra vez que no se vayan con la plata del Estado, que rindan cuentas, que no eludan, que no se vayan contentos.

Con borrarles la sonrisa de su estúpida jeta me alcanza.

Lunes. Gregoriano canto de buses saliendo de la terminal, los barcos en el puerto -me encantan-, las noticias en manos de alguien, el olor a café. Saberme saliendo hacia allá.

Imaginar que te encuentro entre las hojas, en algún banco de la ciudad vieja.

Voy a jugar con mis compañeros partidos de fútbol del fin de semana en nuestras mentes. M3 se va a llenar de goles, patadas, gambetas maravillosas. Amores de ocasión.

El lunes es el mejor día de la semana.

Cristales
Sangre en el cuero
Luces en la luz
Azules

Fundamental y quinta disminuida
ahí llegan
minerva, Rx
declaraciones

Mentiras de esquina


¡Abaazoo!


El lunes es mi película de hoy. Otro round. Mi sana dosis de stress. Una excusa para olvidar.
 
miércoles, febrero 20
SMS
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Transparencias
La vida sigue pasando bajo mis ojos, bajo mis zapatos. Sigo acertando baldosas huérfanas con el pie, gracias a este libreto, buscándole un sentido, una dirección. Algunas explicaciones.

Pero algunas cosas cambiaron. Definitivamente cambiaron.

Te das cuenta cuando algo no va a volver a ser lo que era. Es una seguridad. Casi como que mañana una vez más va a salir el sol. Por suerte.

En una especie de liberación consciente, dejé atras todo aquello que me declaraba culpable de algo poco claro, pero de alguna forma perturbador. De cosas triviales y tontas -quizás un proceso inconcluso de la adolescencia-, pero también de algunas cosas algo más complejas. Pasa que cuando querés cambiar el mundo, te imponés algunas reglas básicas para no caer en el famoso "haz lo que yo digo pero no lo que yo hago". (En realidad debí decir "Cuando todavía pensas que podés cambiar el mundo".)

La bocha a mis veinticinco va yendo por esos lares.

Ejemplos desde el ómnibus: antes no tiraba un papel en la calle. Hoy mi boleto dos por tres se baja del bondi conmigo pero después no me acompaña. Antes me compadecía de los que subían a pedir. Hoy me rompen las pelotas. El otro día un ciego me dejó una estampita y no se la pagué. La restante media hora de viaje la pasé filosofando sobre ese acto.

Big deal.

Boludeces, para las cosas importantes ya tendremos tiempo.

¿Será así? ¿Serán estos los síntomas?

Hay cosas que nos cambian, por dentro y por fuera. No pensé que la forma de pensar pudiera ser una de ellas, al menos no una válida. El error o el despecho siempre deben de estar mezclados en algo así. Pero esto me sucedió, yo lo puedo contar, es así. Me pasó. Y ya no me siento culpable por eso.

No soy culpable del hambre del África -y la sigo nombrando, varias veces van ya-.
Ni de la delincuencia.

Ni de que este sea un país de mierda, o de que vos sigas siendo un gil.

Es evidente que no depende de mí.
Porque uno no elegiría sentirse así.
Sentirse un ladrillo más en la pared. Uno más del montón. Un número. Un nombre. Una referencia.
Un olvido. Mil acuerdos. Algún recuerdo. Otro número. Alguna deuda. Alguna promesa cumplida.

Un átomo más en el enjambre. Mañana un aviso en el diario, y ya.

Por eso tanto tiempo sin escribir. ¿Cómo seguir ahora que todo es igual pero distinto?

Mi interior es algo más transparente en este momento, lo dejo ver sin miedo. Los temores propios de las debilidades humanas van quedando de lado. Acepto más fácilmente los placeres, pienso mucho más como evitar los sinsabores. Me pregunto si tuve que estar tan cerca -lo suficiente como para temer quizás no volver- de irme para darme cuenta de estas cosas. Un manual de vida que en la escuela me reemplazaron por otro, lleno de amenazas y de pecados.

Ahora entiendo más a los demás.
 
miércoles, enero 23
La mecánica y las musas
 
lunes, julio 9
Un mapa con canas
Paseando mi vista por los canales de televisión, descubro sorprendido que a esta hora está nevando en Argentina. Especialmente en zonas donde hacía muchísimos años que esto no ocurría.
Por alguna razón de inmediato necesité trasladar esas hermosas imágenes a esta ciudad, y configurar así una de las postales más hermosas que pueda hoy imaginar: la de un Montevideo bajo nieve.

Mi piel se eriza cuando imagino a la plaza Mártires de Chicago blanca, cubierta de nieve y de pies de personas emocionadas, agradecidas. Vecinos, compañeros, familia y extraños mirando juntos a un cielo gris que de esta forma sutil los acaricia por vez primera.

Un panorama único, un momento imperdible -si la salud y otras circunstancias lo permiten-, que obligaría, al menos por un rato, a detener las máquinas. Entiendo que estos trámites necesitan despacho hoy, es verdad, pero es probable que no volvamos a vivir esto de nuevo, al menos no aquí, al menos no en esta vida. Así que ¿cómo resolvemos el dilema? ¿Qué elegimos?

En ese paisaje de autos parando en cualquier lado me imagino corriendo. Debo compartir este momento con las personas que quiero. Pero, ¿cómo? Son muchos los lugares en los que al mismo tiempo quisiera estar para compartir esta sonrisa del tiempo. Y siempre hay que elegir...
Mientras, la ciudad sin poder hacer nada se enfría, avergonzada por no saber cómo actuar al tiempo que su anatomía vira de color.

La Ciudad Vieja al blanco, como sus novias.

Los patios de recreo, en todas las escuelas blancos, como sus túnicas.

Los cantegriles que salen por un rato del color tierra.

Las calles partidas olvidándose de su gris y del ya incoloro maquillaje de hojas podridas.

El estéril césped de los frentes de las cárceles cubierto de inocencia perdida. Ojos que se escapan por entre los barrotes hacia un lugar que no fue. El piso de las celdas cubierto de corazón en cristales.

Las casas de salud. Los hospitales.
El almacén de la esquina, los bares.

Risas, cuentos y emoción sobre las veredas vencidas, entre los perros que corren y los niños que juegan.

Y yo corriendo. Porque me gustaría vivirlo en varios lugares, pero sólo puedo elegir uno. El primero que me mostró mi mente. Ese que pide a gritos mi interior.
Así que ahí voy llegando, por fin voy doblando esa esquina, tratando de no resbalar en su barro al fin estoy, para llegar hasta mi vieja y su abrazo, y disfrutar juntos de este baño de nubes y rocío que nos regala la vida.

Montevideo entera pensando en un solo color y no es el celeste...
 
sábado, junio 2
Cursor de procesiones
Cada vez que recorro la noche solo, como ella, como ésta, veo reflejada en sus brisas y sus silencios las miserias de quienes a altas horas, al igual que yo, la caminan sufrientes.

No es lo mismo errar a las cuatro de la tarde que a las cuatro de la mañana. Cuestión de motivos. Quien tiene que salir a caminar en la madrugada para despejar el agobio padece de fantasmas.
Crueles fantasmas.

Recuerdo muchas tristezas nocturnas. Por ejemplo, una económica. El estúpido cliché de ver la paja en los ojos ajenos termina reconfortándote un poco, aproximadamente a las cuarenta cuadras; siempre que hayan caído sobre los hombros y los cabellos algunos milímetros de lluvia, mientras los ojos vieron pasar problemas sin solución, amores perdidos para siempre, enfermedades.

Creo que los paisajes del alma se potencian con los que dibuja la naturaleza. Justamente por eso el penar es mucho más hondo en la noche, más oscuro si esta frío, más doloroso si es con hambre, más poderoso si te encuentra solo. El dolor de muelas te espera en la almohada. El de alma, paradito en la vereda de enfrente.

Los caminos de salida son un verdadero misterio. A mi entender, inalcanzables: al menos, por esta noche. Oasis promisorios de distracción surgen en algún momento, ya sean arrimados por el azar o por alguna carcasa humana que te encuentre perdido. Drogas, sexo. Amnesia paga y temporal. No hay salida hoy.

Así que en el caso del alma -¿almalgia?-, prefiero el dolor. Uno llega a acostumbrarse a él: se puede presentir su inequívoca llegada -hasta parece que se lo esperara con ansia-. Será por dependencia, el miedo a vivir sin él. Sin sus primicias. Sin el amor que no fue, sin el laburo que recién perdiste, sin tus treinta años sin noticias.

Vivirlo, fácil. Seguilo. Es un pie adelante del otro, una mecánica simple.
Como deshojar una margarita, pero sin esperanza.
 
viernes, mayo 18
Conexiones
El objetivo final.

Desde el primer llanto hasta la última mirada, la conexión se busca, algunas veces se encuentra.

Un blog que cierra, alguien que levanta su mano para decir adiós en un espejo retrovisor, una llamada perdida.

¿Venís a casa hoy?

La sonrisa frente a una hoja de cuaderno de aquél alumno cuando entiende. El chofer crá de bondi que sabe que llegás tarde y te aguanta. El bolichero que antes de preguntarte sabe que no le podés pagar y te la aguanta con gesto amable.

"Ella también podía venir, pero pensé que podríamos avanzar más rápido así."

Bancos de escuela con mensajes de un día para el otro escritos a lapicera, con la letra más pequeña posible. Aquellos que supimos sentarnos casi todo un año en el mismo pupitre llegamos a conocer cada una de sus curvas y de sus imperfecciones; la mirada se perdía con el lejano murmullo de explicaciones lentas y repetidas, dibujando en la madera mundos con edificios de goma, frente a los cuales coches de plástico y metal estacionaban junto a los cordones Faber.
En medio de ese paisaje, una oración de letras redondas me trae a la realidad:

Hola! Como te llamas?

¿Será para mí este mensaje? ¿Responderé? ¿Y si me descubre la maestra?

Muchos años después, en mi casa suena el timbre.

- Mi nombre es Janet, soy promotora de UCM. ¿Tenés cobertura de emergencia móvil?

- No.

- ¿Te interesaría conocer la propuesta de afiliación que estamos ofreciendo hoy? Incluye un descuento en el prim...

- No.

- Está bien. (Silencio) Hace mucho que nadie me quiere escuchar.

- (Silencio) (Escucho sus pasos alejándola) (¿Será...)


El teléfono suena. No atiendo. El celular también. Yo tampoco.

Supe estar del otro lado también.
Por eso hoy pienso que la asimetría de los intentos es la única barrera entre los comunicandos.
 
sábado, abril 28
La mediocridad y los días
El viernes a la tarde me encuentra en Montevideo, parado justo en el medio de una de sus veredas de esquina. Invariablemente cada tanto necesito sentir cómo el mundo sigue girando a mi alrededor a pesar de mí. Cuando digo mundo no me refiero sólo al hábitat humano-citadino-urbano que suele llevarse esa nomenclatura, sino al envase bastante más amplio que le da sustento y brisa. Sobre las grises baldosas observo y vivo una de las tardes más lindas que recuerde: el tibio calor del sol se combina con los más sutiles movimientos de aire para lograr una atmósfera acogedora, tan hermosa que ni la más quejumbrosa de las personas podría encontrarle detalle negativo alguno.

En medio de ese común y hermoso instante, me detengo a pensar si otras versiones de mi ser podrían haber disfrutado de este momento natural-urbano de la misma manera que hoy lo hago. También intento reflexionar cuáles son las opciones que descartan a otras, sin que se expliciten demasiado en el contrato de vida; a modo de ejemplo, me pregunto cuántas tardes de estas se pierden (o se trocan) a cambio de una buena nota en un examen. Es simplemente una opción y un ejemplo.

Una opción de opciones válidas; si fuera trabajador esclavo en Asia las opciones no serían las mismas y probablemente yo tampoco lo supiera -no sé si los esclavos del Asia se lo preguntan muy seguido-. Si en este momento mi ser tuviera a cargo alguna descendencia, probablemente tendría que trabajar un poco más duro y realizarme este tipo de preguntas sería una forma bastante penosa de ejercer masoquismo.

Desde hace algún tiempo, tengo la capacidad de ver realizadas en los demás las múltiples opciones que en algún momento descarté, ya sea en primera toma o luego de ejercerlas por un rato. Por los cuatro pétalos de esta esquina deambulan seres. En mucho de ellos me encuentro. En otros -y sobre todo, en otras- veo pupilas buscándose a sí mismas también. Tampoco sé si lo logran.

Una ambulancia dobla apaciblemente por la esquina frente a mí. Imagino a mi yo médico distrayendo su mente en las primeras hojas caducas, a mi yo chofer olvidando las cuentas en alguna ropa de mujer. Casi al mismo tiempo recuerdo las opciones que probablemente me hayan ubicado en esta vereda en este momento, y no en esa ambulancia. Recuerdo no haber sacado la libreta profesional porque quería estudiar medicina, recuerdo haber dejado de estudiar porque me aburrió y además necesitaba trabajar.

Me pregunto si en realidad las opciones existían, o si cualquiera de esos caminos me hubieran llevado a lo mismo.

Me pregunto si el Dr Yo o el Contador Yo hubieran podido disfrutar de esto que es tanto y es tan poco. La vida en algún momento me preguntó que quería hacer con ella; siempre le esquivé la respuesta. Como el novio bandido que le saca el cuerpo al compromiso, no tuve coraje para perder años de tardes como ésta apostando a un estatus socio-frívolo-económico superior.

Muchos testigos me vieron en el pasado entusiasmado tomando las mismas opciones que ellos. También me vieron huyendo de ellas, despavorido; sus teléfonos ya no suenan a mi compás, ni hay papel alguno junto al mío que luzca sus nombres.

Resulta bastante complicado vivir la vida y al mismo tiempo presenciarla.
Jugar y ser espectador en la vida aparentemente no es algo posible, casi como si fuera uno de esos límites intransgredibles de la física, como lo son la velocidad de la luz o el cero grado Kelvin.
 
miércoles, abril 18
Un año de Blogger
Podría considerarlo un hecho menor y común, restándole trascendencia. Después de todo, no es un gran logro -me pregunto si es siquiera un logro de alguna especie-, aunque despierta en mí un sentimiento agradable, algo que podría describir como una sonrisa de la mente, que eleva al aniversario de lo meramente anecdótico.

Es que han pasado muchas cosas, por sus vidas, por la mía, por la de los míos, que han significado algo para este pequeño espacio virtual que dí a conocer como "basural endémico". Porque más allá de que su nombre oficial sea "Deposite su basura aquí", este título sólo denota la actitud que ante este blog se ha de tener. Además, el nombre es fortuito, tanto como mi ingreso a este mundo de letras blancas sobre fondos negros. Les cuento.

Una noche como cualquier otra, hace exactamente un año, erraba por pestañas de Firefox buscando la dispersión, el aprendizaje, algo. Una entidad o entelequia desconocida, que justamente, sea resultado de la más agradable y libre de las búsquedas, porque claro, cuando no se busca algo en especial, o no se sabe qué es lo que se está buscando, uno se halla abierto a casi cualquier cosa, y como personas le damos la oportunidad a personas, objetos e ilusiones hasta el momento ignorados. Eso sí, con el Messenger abierto, por supuesto, porque conversar lábiles mientras se aprende o se dispersa o se hace un gol también es charla, y de ella también se aprende.

Pasado un tiempo, alguien se conecta. Una amiga. Saludos, puesta a punto, divagues. Pero algo me llama la atención. Bajo su nombre y en letras grises, una dirección de la red yacía escrita.

www.ararlatierra.blogspot.com

¿Qué será eso? -pensé- Aparentemente un blog.

De esto ya hace algún tiempo, y por aquél entonces, yo no tenía un muy buen concepto de lo que era un blog. Los pocos que habían recorrido mis ojos eran carentes de fibra: casi como esos diálogos tontos que se escuchan en una parada de ómnibus o en un pasillo de facultad. Pero conocía bastante bien a Natopia (por aquél entonces, Ararlatierra) y sabía que la unión de sus letras y la sucesión de sus palabras podrían aportar algo más que un frívolo murmullo.

A ver que será esto...

Click. Y me encontré con retazos de su vida, cuidadosamente lavados y planchados, luego puestos a relucir. Con el mismo cariño con el que una princesa de suburbio lava-seca-plancha y cuelga su único vestido azul. Un amor no correspondido por el fiel estilo de este mercado de pulgas, donde con la misma facilidad podemos encontrar los tristes versos que dejaron impresos un corazón impar, como los torpes insultos de quienes nada lo entienden o las estériles publicidades de los nuevos autómatas.

Y sé -ahora por experiencia- que contar algo que es propio, cualquier vivencia que alguna vez ocurrió dentro tuyo y publicarlo en un blog es similar a que la princesa lleve su vestido a una feria americana. Sabés desde el primer momento que torpes manos (las mismas que tipean los torpes insultos) lo van a tomar, lo levantarán de su descanso para verlo a trasluz, como si de verdad lo estudiaran, como si en verdad lo leyeran, casi, se podría decir, como si de verdad les importara. Bastante obvio es su verdadero sentir.

La variedad de vestidos es enorme. Esa noche quise conocerlos todos.

Así que a través de decenas de ventanas y pestañas los hallé. Vi gente en Estados Unidos peleando contra Bush y su guerra en Irak. Vi españoles contentos publicando las fotos de sus últimas vacaciones en Marbella. Leí a un asiático confesando llegar tarde a su trabajo con mal aliento e irse de allí con algún insumo de oficina entre las ropas. Me dejé llevar por mundos que no existen, por partidos perdidos, por publicidades disfrazadas.
Por inocencias perdidas, por vidas sin sentido, por inocencias reencontradas.

Política, fútbol, sexo, noticias, tecnología, que haré hoy, que hago ayer, que hice mañana. Mis ojos ya no leían, pero ellos seguían allí, brillando en la oscuridad, esperando ser al menos por mí ajados. Es que todo vestido -y toda princesa- sabe que algún día alguna mano diferente llegará. Y aunque no lo lleve - y aunque no la lleve-, quedará su imágen guardada en la mente con destellos, y en el lienzo, el reflejo de aquellas pupilas que lo quisieron descubrir. Que lo quisieron llevar.

Y que en verdad lo hicieron.

Y como no soy princesa, y porque no tengo vestidos, fue que cuando ya había decidido entrar no supe que poner sobre la mesa. Ni que cartel colgar sobre el tendal. Nada.

Justamente el título, lo primero que te piden. ¿Qué voy a poner acá? Me reía solo en la noche con cada estupidez que se me ocurría.

- "Compruebe la disponibilidad"- ... a ver, bueno, disponible está.
- "¿Nombre de usuario?" -Uhh... ¡pero hay que inventar una cosa atrás de la otra, che!
- "Imágen para el perfil" La que pude robar en esos pocos segundos fue la de un tipo bajo la nieve, que mucho que ver no tenía, pero que bien supo hacerme el aguante hasta que pude colgar esa que hoy luzco. (Que no es más que una triquiñuela de Photoshop sobre una fotografía mía tomada por la persona que más quiero).
- "Elija una plantilla" -Y sí, le meto a ésta, es la más oscura que hay. No sea cosa que los millones de visitas que voy a tener por día signifiquen un aumento en el consumo de combustibles y formas de energía no renovables...

El resto, es historia.

Aunque nunca lo dije explícitamente, ustedes siempre fueron bienvenidos.
¿Cómo alguien puede estar interesado en encontrar algo rescatable, reciclable, dentro de lo que otra persona, creyéndolo inútil -y hasta oloroso- descartó?
No tengo idea. Supongo que esa respuesta la tendrán algunos de ustedes.

Como Natopia, inspiradora con sus textos de esta aventura que hoy leen. Literalmente leí miles de blogs.

Ninguno aró la tierra con tanto esmero como vos.

O Alguien más, figura nueva en este mundo, uno de los primeros en colgarse a leerme, requechear y criticarme. Gracias por estar y seguir ahí siempre. A Lula, que sé que cuando puede se da una vuelta para leer y me encanta. ¿Cuándo vas a arrancar a escribir vos también?

Y otros bloggers más nuevos en esto del requechaje, con sus señores blogs a cuestas, como Inez y Vale, que derrochan creatividad en cada post -y que alguna vez sufrieran algún reproche mío, ¡hay que bancarme a mi también!-; o como Marujita, que denuncia con inteligencia, conocimiento, buen gusto y mostrador las diarias que en la caja boba o en el papel de huevos no figuran.

Un año muchachos. Pocas visitas (cerca de mil trescientas). Poco importa el número, siempre lo pensé. Me importa la calidad, la humana, esa que separa al Neandertal urbano del artista.

¿Seguiremos con el acúmulo de basura?

¿Seguirán las frases reflexivas en naranja?
¿Podré seguir intentando despegar de lo diario hacia algún lugar que no pueda decirles dónde está, pero sí como uno se siente después de estar?

Dios quiera, ganas no me faltan.

Sincrónico cumpleaños del Basural y Sin Gamulán.
Brindo por ustedes.

Nos leemos.

Sin Gamulán

 
jueves, marzo 29
Luminarias
Peatones de apuro bajo la lluvia, mientras bajo las luces los contemplo. Me muestran en sus rostros bañados de circunstancia que la estación de capa gris ha llegado. Vino con sus vientos, sus amagues de frío, sus noches a la siete.

Parece que una vez más voy a poder disfrutarlas.

Vuelve a regalarnos la vida las caricias de su brisa, en tus mejillas y en las mías. Las paradas de ómnibus parecen más llenas, o los parados más mullidos. Las calles comienzan a pasar más horas a solas, testigos de los andares de quienes obligados las caminan. Otoño ha vuelto.

Y vuelvo también a caminar avenidas en un día de semana, sólo para ser testigo de la rutina, esa máquina que tantas veces a mí me incluyó entre sus engranes. Porque cuando le escapo me permite observar las colas de los coches, que cada vez son más largas, junto a las últimas túnicas con moñas del día. Los vientos rotando de dirección y mis piernas tratando de decidir cuál siguen. Todos huyéndole a la lluvia, promisoria de sueños húmedos que resfrían. Todos bajo las luminarias que cuando el día parece noche -o como yo prefiero creer, cuando la noche se hace día- adelantan su luz, ayudando tenues y naranjas a que los recuerdos se me aparezcan en cada charco, en cada impermeable, en cada escalera embarrada.

Recuerdos, húmedos recuerdos, fríos recuerdos, abrigados, por todas partes, aunque no los busque. Aunque me halle trabajando o estudiando a encierro, o escuchando a algún profesor repitiendo un libro, sus imágenes me llaman y me vuelven permanentemente a mi nido.
Y a su espectáculo de a ratos blanco, de a ratos naranja, de a ratos simplemente oscuro.

Hubo algo que siempre me gustó de la Facultad de Medicina, sus anfiteatros. Especialmente los de Anatomía y Fisiología, separados por un largo pasillo que ha visto mil ilusiones perdidas y encontradas. Seguramente desde el punto de vista funcional estén mal diseñados, ya que es imposible que alguien entre o salga de esas aulas sin ser notado. Nadie pasa desapercibido en su llegada tarde o en su marcha antes de tiempo; las puertas se encuentran a ambos lados de la pizarra, frente al alumnado completo, allí donde el profesor diserta y disimula la angustia de verlo partir antes de lo asignado. Si es que le importa. Así que por un momento, quienes pasan esas puertas, son protagonistas.

Recuerdo ver a mis compañeras atravesándolas a oscuras, susurrando permiso al entrar, con sus cabellos y sus ropajes visiblemente mojados e incómodos, listas para resfriarse al compás de una voz destemplada en una lectura teórica acerca de la histología de la vía respiratoria alta.

Recuerdo un día como el de hoy, hace exactamente dos décadas, cuando nacía mi hermano bajo un cielo gris, que no era obstáculo para una luz omnipresente y cálida; la mano que lo trajo a este mundo estaba allí.

Y creo que para eso en realidad se yerguen las luminarias.

Para que se iluminen los recuerdos, y no se sequen al olvido.

Para que el calor de la luz se sienta una vez más, aunque ya sea tarde.

Para que no olvidemos lo importante que es llevar luz adonde se vive a oscuras.
 
sábado, febrero 17
...Vamos mano con mano los orientales...

Bien, rápidamente me aboco a la tarea de renovar este espacio, no quiero ahuyentar ni espantar a nadie. Me parece que las fotos de gente que ya no está fue demasiado fuerte para ustedes, pido perdón una vez más. El basural no cae en la espiral del terror y el lamento perpetuos, no señor. Pero por otro lado, probablemente jamás salga de la crítica y del fino arte de lograr, a pesar de todas las contrariedades, ver la paja en el ojo ajeno. Hay que seguir acumulando.

Críticas, sí. A los uruguayos. Uno de los cuales quizás seas vos. Me encanta escuchar en las clásicas tertulias de comercios o en los programas que abundan en AM las clásicas disertaciones acerca de lo malos que somos los uruguayos. Sin embargo por alguna extraña razón ninguno de los interlocutores comete jamás alguno de los pecados mencionados en la charla. Si hablamos de corrupción, nadie metió jamás la mano en la lata. Si hablamos de laburar mal y sin ganas, siempre son los demás, los de afuera.
El juego de la doble vida y el doble discurso es una habilidad común en este país, pero éticamente cuestionable.

En este momento una parte de la opinión pública está con la mira crítica apuntando a la policía, por el caso Natalia: "Detienen a la mina que mandó el mensaje de texto un mes después, ¡qué disparate!" Otros, disparamos contra la prensa, por su evidente mal gusto. El corresponsal en Piriápolis de canal cuatro, que trabaja en algún canal de Maldonado (ignoro el número y por suerte también el apellido del periodista) se encargó en una entrevista a los padres de Natalia en la última semana, de dejarles bien en claro que no podrían cremar el cuerpo de la chica sin pedir autorización al juez. Les preguntó dos veces si el abogado estaba al tanto de esa situación.
Inmediatamente después les preguntó que iban a hacer con las cenizas.

Realmente no lo quiero saber.

Criticamos. Pero a la hora de hacer nuestras labores difícilmente reparemos en autocríticas o introspecciones. Deberíamos comenzar a criticar nuestro mal gusto a la hora de movernos por los senderos de la vida.

El chofer del bondi nunca me frena en la parada, siempre tengo que bajarme en movimiento. Pero la culpa es de los médicos, que se cubren entre ellos, no saben nada y sólo les importa la plata. Cuando te subís a un taxi, ni sueñes con pagarle con un billete mayor a doscientos pesos, porque enseguida te arriman a un comercio, y encima pretenden que vos te bajes a hacer el cambio que ellos no tienen. Pero la culpa es del presidente que le va a comprar computadoras a los niños pobres en vez de subirle el sueldo a las maestras que tanto se esfuerzan por desmotivarlos.

En la verdulería si me distraigo las papas después me miran, desde todos los ángulos.
En la carnicería si no presto atención mis churrascos son ecosistemas de color bordó. En otros barrios directamente lavan la carne con solución de hipoclorito de sodio (sí, agua jane) aunque esto sea difícilmente creíble por cualquier lector situado al sur de avenida Italia.

En OSE no me atienden porque hay poco personal y así no se puede trabajar. En la puerta de mi casa venden los mismos productos que el bolichero de al lado, pero sin pagar luz, agua ni impuestos, impuestos que probablemente mi bolichero amigo también eluda, aludiendo el elude de los de enfrente.

¿Entendiste algo o no entendiste nada hasta ahora, pelotudo?

La culpa de que este país sea una mierda es tuya, no mía. Gil.

 
viernes, febrero 9
(#) (#) Soles (#) (#)
Bueno, muchísimo tiempo ha pasado desde la última vez que le puse algo de vida a este blog. Pido disculpas por eso.

Este silencio mío es una manifestación de autocontrol. No sólo de autocensura, sino de censura a los demás. El que calla no sólo que no otorga, sino que en mi caso repudia profundamente las palabras -y probablemente también a la persona- de su interlocutor. Aunque muchas veces a ellos no se les pueda responder.

Repudio de verano. Un verano de soles que recuerdan a Natalia, a una Natalia que no se sabe dónde está o qué le pasó. Ya se ha dicho bastante sobre la prensa y el amarillismo y los oportunistas. Sólo busco rescatar el matiz común, ese lugar fino donde todas las voluntades se aúnan, y por diferentes razones, miran hacia el mismo lugar. Me explico.

Mientras que a la prensa sólo le importa tener la última primicia, a su familia sólo le importa que ella aparezca con vida. A la policía le interesa resolver el caso. Pero en cada uno de esos colectivos los motivandos individuales son diferentes ante el problema irresoluto.
Al periodista le importa un carajo si Natalia aparece sonriente o dividida en partes, tiene que ser el primero en decirlo, y esa es su preocupación. Apareció. He aquí un pedazo de su cuerpo. A pesar de la crudeza de su pobre trabajo el mismo es necesario, para que la familia a través de la difusión del caso cuente con más herramientas y opciones en su ayuda a la policía. Todos estos mecanismos son obvios y evidentes, pero ¿dónde terminan?

Me recuerdan los múltiples roles de un ecosistema, donde son tan necesarios los vegetales y los pequeños animales hervíboros como las aves de carroña.

Soles iluminan, los ves y recordás que una persona falta de su casa. Como otras cientas, como otras miles. Como otras que no han tenido difusión por razones difíciles de explicar, pero que ciertamente no se han visto reflejadas ni en la prensa, ni en las calles, ni en los cielos virtuales.

Natalia representa nuestro miedo de hoy. Uruguay hoy se da cuenta que de un minuto al otro la vida puede tener un giro drástico, o terminar. Y se escandaliza. Y se vende.

No quiero ver imágenes de su velorio, o de su entierro. Simplemente por ser una persona deseo que ella aparezca bien, pero si no lo hace, espero que la prensa sepa respetar el alcance que una noticia amarilla debe tener.

Porque levantar el rating con imágenes de pino da vergüenza.
Me escupe en la cara lo triste y falsa que es esta sociedad en realidad.

Así es que vivo este verano. Encendiendo el televisor para escuchar y ver cuál es la última tergiversación de lo dicho anteriormente para decir algo que suene nuevo pero que en realidad no lo es. Para apreciar la danza de los clarividentes y las estudiantes de sexto de medicina. Contemplando cabellos en un auto y periodistas veraneando de garrón.

En fin, un verano tristemente distinto que motivó mi silencio ante la espera.

Una espera que destila repudio y silencio, empatía y desilusión.

Me pregunto el porqué de un sol para simbolizar su búsqueda. Y nos imagino a todos buscando.
Buscando a Natalia. Buscando a Juan Ignacio. Buscando a Enzo.

Buscándolos por todas partes, por los rincones, por los callejones, por entre los recuerdos. Sumando todas nuestras linternas para poder buscarlos allí en esos lugares donde no hay luz. Porque donde no llega la luz no se puede ver, iluminamos, porque donde no hay lucha no hay esperanza, luchamos. Aunque sólo sea imaginando que ayudamos a buscar. Y por eso el sol.
Para iluminarlos. Para encontrarlos en el mismo lugar y en el mismo tiempo en el que desaparecieron. Para que ese sol que es de todos nos bañe con su brillo a todos, al mismo tiempo y por igual.

Mi respeto a aquellos que viven estas jornadas de dolor inexplicable.

Ojalá el apagón de todos los soles termine siendo una buena nueva.
 
sábado, enero 6
San Felipe y Santiago
Mientras camino alguna de sus destruidas veredas, tratando de acertarle el pie a cada huérfana baldosa, pienso en el extraño hueco que es Montevideo actualmente: un desierto de ideas que perdió su identidad.

En el quiosco de la esquina los diarios son los mismos de ayer, si algo nuevo e interesante ocurrió quedará diluido y perdido en alguna hoja treinta y tres, escondiéndose de los pesados titulares amarillistas que lo abruman. Esos títulos que narran todos los días nuestra monótona rutina. La de una ciudad que a veces respira, se olvida de lo que es y respira, se olvida de lo que es y suspira recordando algunos tiempos mejores.

Pasa que el verano no es una buena época para pensar en gris, ese color calle con el que pintaría siempre su nombre. Gris es cielo de otoño, es fotografía con segunda, es reflexión como esta. No es un color que haga juego con nuestras ramblas relucientes o con las nuevas bicicletas que dejaron los reyes.

Así que supongo que no voy a insistir mucho con eso, al menos hoy, al menos mientras el verano me siga distrayendo con su luz. Sigo de todas formas sin saber cuál debería ser nuestra identidad y me preocupa. Porque si no lo solucionamos rápido las maestras van a seguir enseñando a bailar el pericón, una música que me identifica tanto y tan bien como la country o la polka.

Montevideo te quiero pero no sé dónde estás.



Salgo en tu busca.
 
lunes, noviembre 27
Eternos testigos

Llegó el momento.

Tímidamente ingreso al galpón. Esbozo una sincera sonrisa, en verdad estoy emocionado. Quienes alguna vez fueron mis compañeros hacen un corto canon con mi nombre.

Los beso, los saludo a todos. Las caras y los cuerpos cambiaron, pero por alguna razón, los ojos son los mismos de ayer. Me parece increíble ver emoción en casi todos ellos, esta reunión realmente nos importa.

Somos los ex alumnos de la generación que nos correspondía, que luego de muchos años -pocos en verdad- volvemos a reunirnos. Sin tener que sentarnos en aquellos rayados bancos, ya no con una túnica blanca delante. Galletitas y bebidas nos rodean, como en aquellos cumpleaños donde de a poco le agarrábamos el gusto a la vida. Y a los labios ajenos.

Se forman pequeños grupos, trato de pasar por la mayor cantidad de ellos, necesito estar con todos, hoy no se me puede escapar nadie. "¿En qué andás, che?" "¿Qué es de tu vida, loco?" "¡Estás igualito (más gordo, más flaco) bo!"

Los primeros minutos pasan rápido. Muchas risas, mucha emoción, todo es apurado, las palabras se montan, nos interrumpimos al hablar. En un momento me abstraigo y deduzco que en breve se vienen las anécdotas, así que decido alejarme un poco de los grupos, y acercarme a las personas. Sobre todo a aquellas con las cuales, para ser sincero, jamás tuve mucha relación.

Descubro con alegría que me recuerdan con cariño. Y me cuentan su historia. Casi todos pudieron terminar el liceo, algunos antes, otros después. Para mi sorpresa, por más que era de esperarse, veo a muchos luciendo una alianza en el anular, sobre todo a mis compañeras.

Alguien grita que las hamburguesas están listas. El reloj vuela.

Me alimento en silencio. Sonrío acompañando frases de recuerdos en común que en realidad no escucho. Estoy concentrado en los cabellos largos, en las barbas, en algunas bolsas que veo bajo los ojos de algunos compañeros. No soporto la tentación de compararlos con ellos mismos.

Cuando somos niños, cuando somos adolescentes, somos todo promesa, somos todo proyecto. Todo parece posible, la libertad parece libre y a quienes la vida no nos había golpeado mucho, el futuro parecía llano y prometedor, lleno de sorpresas. Me voy de la reunión por un momento. Mi mente se fue, recordando otra vez los diálogos y aquello que en algún momento nos prometimos.

El resto del encuentro transcurrió como era de esperarse. En realidad habernos juntado después de tanto tiempo para ver en qué andaba cada uno resultó una gran idea, de la lista faltaron varios, algunos por estar en el extranjero, otros faltaron sin aviso. Sin embargo a mí recordarme y recordarlos no me produjo mucho bien. Son tantos y tan variados los episodios que me trajo la memoria que ya no pude ver lo que me rodeaba sin distorsión. Hay más dentro de mi cabeza que fuera.

Caigo en una abstracción casi absoluta, con la mirada en el infinito abro un portal y todos los tiempos son el mismo. Me pregunto cómo hubiera sido esa misma reunión, si además de estar invitados los ex alumnos también lo hubieran estado los verdaderos alumnos. Y los futuros nosotros de aquél pasado, los que en este presente no están, porque en realidad nunca fueron.

Quienes fuimos, quienes somos y quienes dijimos querer ser.

Muchas personas dicen y piensan que los niños dicen siempre la verdad. Y que también hacen las preguntas más molestas. Recordando eso trago saliva, y me busco en esa junta de todos. Por fin me encuentro entre la muchedumbre... me tiemblan las manos, mejor guardarlas en los bolsillos.

Me miro fijamente a los ojos. Mis ojeras me hacen gracia, lo mal que me quedaba el pelo tan corto también. Yo también sonrío, seguramente sorprendido por mi pelo largo, y mis facciones algo menos cortantes.

- ¿Cómo estás?
- Bien.
- Espero no haberte decepcionado.
(Silencio)
- ¿A qué te dedicás?
- Ejem, bueno, soy empleado en un negocio.
- ¿Empleado?
- Sí, empleado.
- ¿Fuiste a la universidad?
- Jajaja... sí, fui. En realidad empecé la carrera pero la dejé por la mitad, estoy esperando acomodar algunas cosas para volver a engancharme.
- ¿Qué carrera? ¿Abogacía?
- ¡No, jajaja! Abogacía no, medicina estoy estudiando.
- ¿Medicina? ¡Pero si no puedo ni ver la sangre!
- ¿Viste vos como cambian algunas cosas?
- ¿Tenés plata?
- ¿Para qué precisas?
- No, te pregunto si vos tenés plata, si la familia tiene plata, ¿entendés?
- Ah... No, no tengo un mango.
- (Silencio, mirada hacia el suelo)
- Pero aprendí que la guita no es todo, mirá que a tu edad las cosas se ven diferentes.
- Claro, el dinero no es todo en la vida... eso ya lo sé. Los amigos también son importantes.
- Eh... sí, los amigos. Estoy un poco distanciado de ellos en este momento. He estado muy ocupado, no es fácil.

La cara al niño que fui se le empieza a caer a pedazos. Hace un silencio y me dice:

- Vení, vamos a saludar a mis compañeros.
- No, dejá, no es necesario. Ya hablé recién con sus futuros.
- Por eso. Quiero que conozcas a sus pasados.

Ahí están. Haciendo las mismas monerías que hacíamos cuando éramos nosotros.
Me presento.

- Hola, yo soy él dentro de unos años. ¿Cómo andan? ¿Qué hacés, gordo?
- ¿Y? ¿Sos político? Preguntó uno.
- ¿Sos millonario? Otro.
- ¿Ya te recibiste de abogado? Ese fue el gordo.
- No -respondo-, ni soy político ni millonario y jamás pisé la Facultad de Derecho, ¿ok?

(Silencio, se miran entre ellos)

- Bueno, no te enojes - dice uno y se va, y tras él los demás, incluso mi niño.

Vuelvo al mundo real. Nos estamos despidiendo, hay abrazos, más risas, casi todos se pasan los números de celular, los pulgares vuelan anotando fútilmente una secuencia que nunca van a volver a repetir. Se retiran solos, algunos en automóvil, otros a pie hacia sus actuales destinos, hacia sus camas, hacia sus mesas. Los veo irse sintiendo el vacío en el pecho, el barullo ya no está, ni el de los actuales destapando cerveza ni el de los de antes avisando que ahí viene la maestra. Quedé sólo, una vez más, con la cabeza un poco en este mundo y un poco en aquél que hoy añoro.

En eso me viene a buscar de nuevo. Soy yo, el de aquél entonces, con más preguntas.

- ¿No fumás porro, verdad?
- Jajaja... no, no fumo porro. Quedate tranquilo.
- ¿Tampoco fumás no?
- Eh... ya no. Lo dejé hace más de un año.
- ¡Entonces fumaste! ¿Pero no te acordás que hace mal, no te acordás aquella campaña que hicimos, no te acordaste de los yuyos que le hicimos tomar a mamá para que dejara el cigarro?
- Sí, me acuerdo.

Otro asqueroso silencio.

- ¿Tenés novia?
- Sí. Es lo mejor que tiene mi vida-, respondo.

Los dos nos encontramos sentados, uno al lado del otro, con la mirada en el suelo, con las mentes a millones de pensamientos reprimidos por segundo. Mordiéndose el labio inferior, juntando todo su valor, dirige sus ojos hacia mí.

- ¿Cómo llegamos a ser así?- Me pregunta. - ¿Qué hicimos para que todo aquello que quisimos ser no fuera? ¿Por qué no sos lo que hoy quiero?

Me pongo de pié. Esto rebasa todos los límites de mi paciencia, autorrespeto y decencia. Aguantando las lágrimas camino hacia ningún destino y tras unos pasos, intento mirarlo y le grito sin verlo:

- Ya te vas a dar cuenta.

Al otro día despierto, sudado, con la cabeza ajena y dolorida. Mi perro por la ventana me mira extrañado. Sentado en mi cama veo en el piso dibujados los recuerdos de ayer, las lágrimas de hoy, las nieblas de mañana.

A la vida hay que saber llevarla. Mil dificultades, día tras día, se nos plantean. Debemos tomar las peores decisiones, esas que siempre lastiman a alguien, para poder lograr eso que nosotros sabemos que está bien. Hemos salido adelante de las situaciones más complejas. Hasta podríamos decir que estamos orgullosos de nosotros mismos.

Pero muy dentro nuestro está el niño que fuimos y que nunca dejamos de ser, preguntándonos dónde están sus sueños y quién se los llevó. Aunque hayas seguido al pié de la letra su libreto, es bueno escucharlo de vez en cuando preguntando por qué.

El niño que una vez fui me preguntó mil cosas. Pero no me preguntó si era feliz. Creo que nunca se lo enseñaron. En la escuela el objetivo era ser el mejor, eso era ser feliz. Ser el que leía mejor, el que sabía más palabras, el que podía decir cuántas capas tiene la atmósfera.
El mejor no era el que leía un poema por placer o el que disfrutaba de una puesta de sol.

No sé en que momento lo aprendí. Sé que no hace mucho tiempo de eso. Quizás no haya más aprendizaje después. En verdad no me importa.

Me pregunto qué se habrán preguntado a sí mismos mis compañeros aquél día. Pagaría por saber quién es más feliz, si el genio de la clase o cualquiera de los que eran uno más. Quisiera saber cuántas cabezas se partieron bajo el pie de los más ambiciosos, buscando siempre inequívocamente la aceptación de las maestras de entonces, la de sus jefes de hoy.

Supongo que las respuestas están en manos solamente de los eternos testigos, cuya palabra jamás será revelada en verdad. Ese pequeño niño molesto que pregunta y pregunta y exige y exige.

¿Has hablado alguna vez con él, o con ella? ¿Podés darle lo que te pide?



¿Qué le pedirán ellos a su futuro?
 
viernes, noviembre 17
Malabares al enemigo
Tras declararme culpable, y firmar una nueva libertad condicional, escapo de la Ciudad Vieja.

Errando por las calles, y tras un buen rato de caminata, paro en un quiosco. Malgasto el poco dinero que tengo en una revista. Compro una botella de agua y sigo. La misma agua que pocos minutos después le voy a negar a un botija, con pinta de bichicome, que hace malabares en la esquina de Av. Brasil y la Rambla.

Me siento en uno de los bancos que miran al mar, porque justamente es a eso que vine: a ver el mar. A renovarme una vez más tratando de sumergirme con la mirada en él. Y que los pensamientos, muy de a poco, se vayan diluyendo en su inmensidad, se disuelvan en su azul amarronado.

De pronto viene a mi mente el recuerdo de varias personas, que en diferentes ocasiones, repitieron una frase que más o menos dice que el saludo y el agua no se le niegan a nadie.

Rápidamente me doy cuenta que un minuto atrás le negué el agua al gurí de los malabares, que obviamente enojado, de todas formas me agradeció. Traté de recordar si en algún momento alguien a mí me había negado un vaso de agua. Creo que no, no pude recordarlo, pero estoy seguro que no.

Pero sí me han negado muchísimas veces el saludo.

Y muchas otras veces me han negado todo tipo de cosas que en verdad necesité -o necesito- sin el más mínimo decoro, pero de todas formas el código importante que debe prevalecer parece ser el del vaso de agua y el saludo.

De todas formas, reconozco que me sentí una rata cuando le dije que no. Era bastante más simple que los millones de implicaciones que se me cruzaron por la cabeza justo antes que se me transformara la cara y ladrara, era un trago de agua y listo.

En algún momento pensé en redimirme, y cómo sería para este caso específico. ¿Pidiendo disculpas? ¿Regalándole una botella? Caigo en la tontería de pensarlo.

Y reflexiono que si tengo que poner un peso para arreglar cada una de las cagadas que he hecho en la vida voy a necesitar más guita que la que tiene Donald Trump.

Muy bien, soy culpable. Llevo en mi interior malos sentimientos. Vengo caliente y actúo mal, soy el yo que sale cuando mi otro yo ya no soporta más. Y es ahí donde todo se resume, se mezcla, y es un mismo elemento.

Por enésima vez pienso en las oportunidades que negué y me negaron. Camino. Me voy de la Rambla y del mar, de este paisaje de Pocitos que todo lo absorbe. Camino. Y en cada paso un recuerdo, en cada baldosa una discusión, un malentendido, un adiós. Un insulto. Un arrepentimiento. Una condena.

Un corazón roto, un proyecto menos. Una nota baja, un olvido. Un semáforo... casi me parten al medio.

En realidad, estoy huyendo de esos errores, no del mar. Apenas me doy cuenta, paro de caminar, volteo y una vez más, lo miro. Pero esta vez sólo puedo ver el barrio.

¡Qué diferente que se ve Montevideo desde la Rambla de Pocitos! Gente linda corriendo, autos, perros de raza, edificios, la materialización del dinero no me deja ver mucho más que su belleza.
A no ser por el botija que sigue haciendo malabares. Pidiendo calderilla a cambio de mostrarle a la gente que por allí transita que existen otras realidades.


Y que a él le han negado mucho más que un vaso de agua.
 
jueves, noviembre 9
Rápida descripción del miedo al futuro
Entro al salón.

Los pocos que hay se encuentran sentados. Casi todos manipulan su celular. Dejo mi antigua mochila y salgo. Afuera hay otros pocos. No saludan, de pie no hablan. La mayoría fuma. El que no lo hace se halla inquieto. Enciende un cigarro, saca a relucir su celular, o se mueve fútilmente. La paz corporal, aparentemente, no está socialmente permitida. Oigo acercarse el taconeo de la putita de la clase, que hace su notorio ingreso rodeada de silentes comentarios, variados, pero nunca neutros de juicio. Las risas a mano tapada de un afeminado a la moda y su amiga dark son un ejemplo.

Pienso en que acá nadie toma mate. Será por el barrio, será porque nadie está cómodo aún. Empieza la clase. Llevo mi celular al modo silencioso, y recuerdo aquella charla. Y trato de recordar en que momento me convertí en un cliché.
Aunque sólo recuerdo la charla. Sin celulares y sin agendas era el futuro convenido.

Aquel futuro. Conozco cual fue el mío, el de ella, mi interlocutora de proyectos, lo ignoro. Si viene zafando, no creo que lo haga por mucho tiempo más. Y esa charla de futurista me recuerda otras. De ideas que hoy ni siquiera recuerdo. No teníamos el porvenir resuelto, pero lo teníamos dibujado. Creíamos saber por dónde iba.

Y resulta que se término el trabajo.

Faltó la menstruación. O tu habitación hoy mide muy poco.

Y hoy hablas en otro idioma, y almorzás en mi desayuno. Aquella letra que nos emocionaba hoy me hace sentir mal.

¿Dónde están mis sueños? ¿Vos dónde estás? ¿Qué le pasó a tu cara?
¿Por qué nos miramos así? ¿Es sorpresa, o simplemente decepción?

En diez años te paso a buscar. A vos, a quien quisiste ser.

¿Cuál es el verdadero proyecto de futuro? ¿Lograr lo que alguna vez anhelaste?
¿O jugar las cartas de la mejor manera posible?
¿Quién lo dice?

Mientras me leo repetir algunas torpes líneas de pensamiento me pregunto por qué no me educaron en la incertidumbre.
 
martes, octubre 31
Por las cosas buenas
A veinticuatro años de mis primeros llantos, llego una vez más, a romper el silencio.
Ese silencio que otras tantas veces me impuse hoy es destruido. Con la frente en alto, por las cosas buenas.

Vengo a agradecer a la vida una vez más, sin olvidarme que muchas veces de ella me he olvidado y la insulté. Y le exigí más que a mi mismo, y la culpé, y la acusé de agarrar por donde quiere. Sin avisarme, sin cederme el control. Hoy te pido perdón, Vida, y te consagro.

Agradeciéndote por aquellas personas que pasaron y hoy me recuerdan, y hoy las recuerdo. Por los acordes de murga y por los golpes de tambor. Por los gritos de gol. Por mi novia, por mi vieja.
De nuevo, por vos.

Quiera Dios que me sigas proveyendo de sonrisas y de afectos, que son el combustible de mi alma.
 
miércoles, octubre 11
Silencio
Tan sólo silencio.

Como respuesta al ruido. A la discusión. Al frenazo.
Al coliseo.

El silencio es una espera. Una pregunta hecha, la espera de un cambio.
La penicilina del hartazgo.

Necesito descansar mi mente y mi cuerpo. De los plagios. De la celulosa. De las amas de casa desesperadas. De los hijos de padres desesperados.

De sueños que impliquen baile o canto. Porque me cansé de que el show tenga que continuar.

De que me copien las cosas más tontas y no las más inteligentes.

De que mañana te tenga que pisar la cabeza para salir adelante.

De que siempre deba tener algo que decir.

De buscar algo nuevo en ese blog que me gusta y no lo encuentre.

De que no volvamos a cambiar.

De esa noticia "fresca", "divertida", "diferente", que a criterio de los "periodistas" que arman los noticieros ocupa la mitad del tercer bloque. Noticieros que son medio y medio de sangre y frivolidad.

Como vos.

Como todo aquél que alguna vez habló de los cañeros de Bella Unión y no sabe lo que es sentir la raíz de la caña abriéndole la planta del pie.

O del problema de la pasta base.

O de los nazis.

O de la delincuencia. Y el segundo término de las tres ecuaciones inventalo vos.

¿Cuándo llegará el día en que las noticias y la historia la escriban los protagonistas?

¿Hasta cuándo las formas serán más importantes que los contenidos?


¿Por qué Humberto de Vargas sigue en la vuelta sin la censura del dolor, mientras que otras víctimas del amarillismo barato pagan sus cuchillazos día tras día?


El poder son los medios, te lo enseña algún profesor zurdo en el liceo pero a vos se te olvida.
Y te transformás en el títere repetidor, en el osito Teddy del siglo XXI, aquél que a principios de la década del '90 miraba el canal 4 y decía boludeces como: "¡Qué divertido!", "¡Oh!", y otras de similar contenido y profundidad. Y repetís que la dictadura fue una respuesta a los tupamaros. O repetís que los tupamaros buscaban la libertad y eran buenos. O que gracias al pueblo la dictadura se terminó.

Una dictadura que dos décadas después de terminada sigue contaminando nuestras relaciones como en el primer día, enroscando a gente que ni la vivió ni tiene la más puta idea de lo que está hablando.

Mientras que en la calle sigue la transa. El semáforo cambió y hay que largar. Hay que cobrar. Hay que pagar. Suena el celular al compás del "cigarro cigarro", el bondi toca la bocina, el rastrillo juna la movida, el milico juna al rastrillo y yo los juno a los dos y sigo,
sin gamulán, por los mismos caminos que alguna vez me vieron más chico y con otros ojos. En esos mismos caminos en que me gustaría encontrarme con tus ojos y verlos sonreír.

En ese asfalto tan lleno de ruido que nos hace a vos y a mí olvidar todo aquello que no sea luchar por sobrevivir.

Porque el ruido también es descanso.

Y es respuesta al silencio. A la reflexión. A las grandes preguntas, evitando tener que sufrir respondiéndolas.

Y por eso hoy vos y yo le vamos a dedicar este post al ruido.

Nuestro eterno aliado a la hora de preguntarnos por qué no somos mejores.
 
sábado, setiembre 23
La basura y sus problemas
La basura se junta. Se amontona. Se esparce.
Todo aquello que no sirve, que sobra o que molesta, es basura.
Lo que no tiene contenido útil. Lo que ya cumplió un ciclo.

Eso que en un momento iluminó con su función las vidas.
Y aquello que, en cambio, nunca colmó las expectativas generadas.

Un libro aburrido. La tapa de un inodoro.
Y bolsas, muchas bolsas.

La definición de basura es amplia. Tanto que me resulta peligrosamente extensible. Un concepto que se hace aplicable a todo. No sólo al envoltorio que vistió a un paquete de galletas, o a una jeringa ya usada.

Porque muchas ideas ya no sirven.
Porque muchas personas hoy molestan.

Para éstas últimas hay depósitos especiales, dependiendo de su status. Esos depósitos pueden ser manicomios, geriátricos (con sus mil eufemismos: casas de salud, residenciales para la tercera edad, hogar de ancianos, asilos...), pensiones. O lugares de escasa dignidad, calidad otorgada por la elección de su dueño más allá de su aspecto formal; caída por la que optan los que se convocan al ostracismo. Al éxodo. Esos que tras una vida entera se condenan a desaparecer.

Igual que las ideas. Ellas directamente se pierden en el olvido. Pareciera que nuestra mente (y también el colectivo intelectual, esa masa móvil de seres más o menos pensantes) tuviera la capacidad de clasificarlas en forma automática. Con el mismo resultado final que obtendrían si fueran un objeto físico tangible, cuando no sirven son basura, y se descartan.

¿Nuestros espíritus también tienen esa capacidad?
¿Es así como desechamos a las personas que ya no sirven? ¿En forma automática?

Puede pasar, o al menos a mí me ha ocurrido, que una idea que ayer fue residuo hoy me resulta diferente, otros ojos la estudian y otro ser la comprende. Por eso creo que la mente también sabe reciclar.

En un mecanismo inconsciente, una palabra que resume la velocidad, el sigilo, y la minuciosidad implícita en ese procedimiento de olvido y recuerdo que día a día nuestras mentes ejercen.

Porque como alguien escribió una vez en este blog, mucha gente aprovecha la basura de los demás. La aprehende. La recicla y restablece su utilidad y función, o le asigna otros que ahora sí, reaprovechada, podrá cumplir.

Como las ideas, que mientras ocupen algún lugar de nuestra mente, o algún gastado trozo de papel, sobreviven, a la espera de ese día en el que alguien las descubra y vuelvan a ser útiles.
O al menos nombradas.

Pero, ¿qué pasa con las personas que fueron desechadas?

¿Qué pasa con el padre olvidado tras una discusión? ¿O con la madre dejada atrás por una enfermedad? Ellos no van a vivir para siempre. Aunque ocupen algún lugar de nuestra mente, y varios gastados trozos de papel, ellos no van a vivir para siempre.

¿Quién los recicla?

¿Para eso servirán las plazas? ¿Será que hacen las veces de depósito de chatarra humano?

¿Funcionan como exhibidor de cosas con nombres propios? ¿De residuos con sangre, de basura con dolor? ¿De cenizas pensantes?

¿Quién los recicla?

¿No será que su función ahora es otra?

Espero, que uno de ellos mañana no sea yo. Espero, que uno de ellos mañana no seas vos.
Porque nunca es tarde para un abrazo.




Las palomas serán testigos.



Este post pensé que había surgido de la nada, pero pronto me dí cuenta de que fue inspirado por Alguien Más http://melodijeron.blogspot.com/. Así que quiero dedicarle este post a Daniel Viglietti, y a través de él, a todos aquellos que escriben en un blog sus sentimientos, y sus formas de pensar. Desafiemos a los que día a día desde los medios masivos de comunicación nos bajan línea y nos marcan la cancha. Que nadie nos diga por donde ir y por donde no.

A desalambrar, no sólo las tierras, sino también el pensamiento.
 
jueves, setiembre 21
Rendición de cuentas
Desde hace mucho tiempo creo que lo importante no es la realidad, sino la percepción que tenemos de ella.

Es así que explico por qué no es importante la seguridad. Ni la libertad. Tampoco la felicidad.

Lo que importa es que tan seguro creas estar, que tan libre pienses ser, que tan feliz te sientas.

Esta idea también me permite entender las risas del Borro, y los llantos de Carrasco. La eterna alegría del tonto y la perenne depresión de aquél que todo lo entiende.

Nuestro humor cambia, permanentemente. Un tranquilo despertar puede transformarse en una mañana insoportable con sólo encender el televisor, o al responder a un llamado temprano. Una jornada para el olvido puede hacerse gloriosa frente a su último plato de comida, o a su penúltimo beso.

Es que el humor chequea nuestras percepciones en forma constante. De esa forma nos obliga a realizar cambios cuando el panorama no pinta bien, una especie de tirón de orejas.

Cuando estamos de mal humor nos sentimos mal. Como un dolor que no se siente.
Pero que está.

Algo viene sobre ruedas, o ya salió. Ilumina el porvenir.
Me siento bien.
Algo va a salir mal, o ya salió. Complica el futuro.
Me siento mal.

Si algo me bajonea, las opciones son dos. O consigo que esa situación se revierta, o cambio la percepción que sobre esa situación tengo. Es decir, soluciono un problema, o me engaño.

Y es precisamente a eso que dedicamos nuestras vidas, día tras día.
A solucionar problemas y a engañarnos.

¿Cómo engañarse? Fácil.
Podemos ser muy boludos, y mentirnos a nosotros mismos. No olvidemos que el mal de muchos es consuelo de bobos. A veces nuestra mente lo hace en forma automática, como vía de escape (hoy no voy a profundizar en la locura). Otra forma es ingresando alguna sustancia al sistema.

Pero incluso cuando venimos timoneando bien, algunas cosas nos pueden doler.
Es que si nuestro estado anímico dependiera solamente de nuestro presente, y de nuestro porvenir, quizás las cosas fueran más sencillas. Pero, ¿por qué es que también tenemos que penar por nuestro pasado?

Esos sueños me castigan muy seguido.

Sueño con ustedes. Con el cuadro de fútbol que se separó.

Con los pasillos de facultad. Con aquellos diálogos. Con las sonrisas de ocasión, con aquél sentimiento de pertenecer a algo que era más grande pero que ni mi saber ni mi entendimiento pueden hoy explicar.

Sueño con los miedos que alguna vez tuve.

Sueño con todo aquello que dejé de ser. Y me despierto con un vacío en el pecho, con ganas de seguir durmiendo y volver a esa realidad que fue pero que no está, que dista de mí en años y en segundos. Una nostalgia que me desgarra.

Los sueños me castigan. Me recuerdan aquello que no pude ser, aquello que aún no logré.
Me muestran aquellas cosas que no me animo a conseguir.

Creo que por las noches rendimos cuentas. Con nosotros mismos. Nos paramos frente al estrado con el corazón en la mano. Somos juez y jurado. Fiscal y acusado. Un juicio que vos no pediste pero que cada tanto te llega.

Y que te despierta con su veredicto grabado en tu alma.

Esta será la última vez que pregunto algo en forma tácita, es decir, esperando una respuesta. ¿Algún sueño te castiga? ¿Te animás a contar en que has fracasado en tu vida? ¿Qué no has conseguido? ¿Qué no te permite ser feliz?
¿Podés compartirlo, aunque sea anónimamente? ¡Cómo me gustaría leer algo de sinceridad ajena en este blog...!
 
viernes, setiembre 15
La letra escarlata
La cruz con la que todos cargamos.

Tu nombre no lo conocen. Pero en la frente tenés escrito que sos bien puta, y eso sí que todos lo saben.

De vos saben que a veces te fumás un porro.

Aquél estuvo preso por estafa.

El de peluca una vez se cogió un niño.

Pero poco importa cuál es la dimensión del pecado cometido. La condena surge de una precisa medida de comparación, otorgada por una balanza alimentada por los peores sentimientos de una sociedad que siempre, siempre estuvo en decadencia.

No vayas a vomitar un sábado o un domingo a las siete de la mañana mientras tu vecina barre la vereda, o saca a pasear a su cusquito de tres kilos, porque estás condenada.

Y si salís de tu casa a esa hora con un pibe en actitud sospechosa... que Dios te ampare. Pero si sos varón y salís con una minita, como máximo te llevarás alguna sonrisa macanuda.

La gente piensa que esto cada vez pasa menos. Qué estupidez.

En uno de los platillos va la cagada. Aquello que expone a la víctima a la sanción pública, a la silente discriminación. Esa que nunca vas a escuchar directamente, pero que sentís flotar en el aire. En esos silencios que se forman cuando entrás al almacén, y mientras esperás el cambio.

Vos sos el que pasa en el cyber.
El pajero.

Aquél es el lento.
Es medio mongólico.
Como mucho podrá cortar el césped.

Vos vas por mal camino, juntándote con esa mugre. Aprendé de tu hermana, que si saca once en un escrito se encierra a llorar. Grandes chances de ser frígida sabe tener.



Te invito a hacer un alto en esta denuncia. Yo también pienso que si no le prestás atención a lo que digan los demás, sus dichos no te van a hacer daño.
¿Pero de verdad pensás que estás libre de su condena?

En el segundo platillo descansan los méritos requeridos por la tribu de los acúmulos superfluos.

Méritos del tipo "tiene dos autos". Tiene una gomería y dos estaciones de servicio.
Trabaja en la televisión. Es político. Dicen que tiene estancia.

¿Miedo o envidia?

Una vez nos sacó campeón. No sabés como jugaba.

Me importa un carajo como jugaba.

Podés ser una lacra, pero si inspirás miedo o admiración (envidia) estás salvado.

Mientras tanto, los tristes y jóvenes pléyades del siglo XXI seguiremos navegando los mares del subdesarrollo bajo la atenta mirada de quienes todo lo juzgan.

Al menos, todo aquello a lo que se atreven. O a lo que les permita la benzodiazepina de elección.

¿Por qué me transmiten su frustración? ¿Una vez más tengo que volver a pensar en ellos?

Justifico este post. Veo a la chica de los alfajores todos los días.
Sus ojos siempre me piden amor.

Y ésta es la única forma de dárselo. Aunque no lo sepa. Aunque nunca pueda averiguarlo, porque en su escuela especial nunca se lo vayan a enseñar.
Por su penar viajo por el de todos, por el del drogadicto y también por el del fracasado. Todavía pienso que todos podemos o pudimos serlo. Una de las pocas cosas que me enseñó la vida, y que creo haber aprendido, es a no escupir para arriba. Hoy escribo desde mi computadora con banda ancha, desde la comodidad del calor de un nido algo parecido a la clase media, de prestado.
Hace un año caminaba por todos lados con la panza chiflando. ¿Mañana? Mañana no sé, mañana no está.
¿O vos jurás que mañana vas a estar cómodo? ¿Vos firmás que en diez años vas a estar casada, casa-auto-niños-y-perro-en-el-jardín?

¿Quién te asegura que no vas a estar con la nariz llena de merca?

Bregando por un confortable lugar en el ostracismo de aquellos que en un tiempo te hicieron pedazos. Ese destino que hoy buscas no me queda para nada claro. ¿Vos lo tenés seguro?

¿Sabés hacia dónde vas?



¿Me decís hacia dónde queda?
 
miércoles, setiembre 6
Libertad mental
Empujo las paredes de mi cráneo, necesito salir.

No importa lo bien que parezcan estar las cosas, pues ellas, todas y cada una de ellas, están completamente fuera de mi control.

La vida agarra para donde quiere, cuando quiere. Los días pasan, las ganas se acumulan. Fermentan. Se pudren y lentamente corroen el espíritu, formando un coágulo asqueroso de frustración.

Hoy no logré esto, ayer no conseguí lo otro. Probablemente mañana vuelva a fracasar.
Ahora me pregunto, ¿qué pasa si no lo intento? ¿Qué pasa si dejo de intentarlo?

Siempre entendí el concepto de infinito. No me mareo al dibujar en mi mente una idea que no tiene fin, sea cual sea. Lo que nunca pude comprender es el cero. La nada. El vacío.

¿Qué es eso? Tal cosa no puede existir. Llego rápidamente a una conclusión: si dejo de intentar lograr cualquier meta, no puedo fracasar. Es simple, lógico, pero efectivo.

¿Te parece triste? ¿Miraste a tu alrededor?

Uno de los problemas más jodidos que trae la frustración es, como casi todas las enfermedades, su contagio. Los demás no tienen por qué fumarse mi malestar, ni mi cara de culo. Ni escuchar mis relatos ausentes de logros. En realidad, en este momento si me siento afligido es porque irradio malestar. Contagio la lúgubre podredumbre que deja en mi interior una libertad contenida.

Hay que pagar un precio carísimo por esa libertad, y como yo no estoy dispuesto a hacerlo, empujo. Levanto la cabeza, la agito. Tomo carrera, reboto sobre mi costado. Me incorporo. Tengo que seguir empujando. ¡Ahhh!. Una vez más... corro y empujo, el sudor tiene que valer la pena. Cierro los ojos... ya no las siento. De a poco, las paredes ceden, y se alejan...


Y vuelvo al patio de la escuela. A aquella mañana del año '94, que nos vio a vos y a mi de túnica blanca bajo un eclipse solar. Siento correr la noche por mis venas, y siento como a vos los ojos se te llenan de vida.
Estamos juntos y a oscuras...

Se me duermen los brazos... siento una brisa cálida en la cara...








Y escucho la radio del auto al mango.
Te pido un trago de Sprite y seguimos, disfrutando de la juventud y del auto que nos lleva por la rambla. Miro el sol y me ciega de blanco...


... bajo la mirada y respiro paz, por todas partes. Noche de grillos y fogón. Con el interminable sonido del mar como fondo de esa azul pintura.


Despierto.

Otro auto que dobla la esquina. El sol no se ve. Tus ojos tampoco.

No llevo puesta una túnica. Por suerte tampoco una mortaja. Aunque nada brille como antes.

Me estás hablando y en realidad no te escucho. Si te digo la verdad, tampoco te oigo. Estoy disfrutando de mi libertad mental. De mi reproductor de mp3 con radio, CD, pasacassette y pasarecuerdos integrado.

De ese don maravilloso que te permite verme aunque yo no esté.




Hoy no hay dedicatorias. Sólo preguntas.

¿Será este post uno de esos que saco después de reaccionar, luego de que tras alguna alegría de la vida me hace sentir arrepentido de haberlo colgado?



¿A qué venís a este blog? ¿A conocerme, o a encontrarte?
 
martes, agosto 29
Back to the world
Que difícil es el regreso...

Quiero pedirles disculpas por el dilatado silencio, al menos por el mío, en estos veintinueve días sin novedades.

Un blog en estado de abandono.

Así que antes de que nos rajen, he decidido volver. Nunca quise la ausencia, pero se dio.
No estoy hablando de la mía, ni de la de ustedes.

Es que la muerte estuvo de visita. Ya se había agendado un paso por la familia, y sin mayores demoras, vino y se la llevó.

Nunca es fácil. No nos da la cabeza para abarcarla, es lo único absoluto que conocemos. La única verdad, la última.

Tampoco estamos educados para aceptarla. Mucho menos para hablar de ella.

Sabés que está ahí, sabés que un día te va a tocar, pero lo único importante es que no sea hoy. Por favor, hoy no... te juro que voy a ser mejor persona.

En Europa se discute sobre la incorporación de la muerte en los programas escolares como un tema central, fundamental para aprender desde chico a vivir con su existencia. Una realidad que en Occidente no hemos sabido ni aceptar ni entender.

Paralelamente, aquí en Uruguay, a varios años de evolución discutimos, por un lado, si conviene enseñar a los adolescentes la historia reciente, o si en un ilustre operativo zanahoria, la tapamos con un manto de olvido, igual que a los desaparecidos; mientras que en Colonia, el intendente intenta explicarle a la población las razones por las que sería conveniente que usen casco para andar en motocicleta.

Que realidad triste la nuestra. Uruguay no come pero echa planetas del sistema solar.

Maracaná persiste. Artigas no.

Y es así como se va volviendo a la realidad. A la diaria. Al periodista persecutor de túnicas blancas. A las cifras. Al frío de agosto, al bocinazo.

Todo esto sin que haya pasado un sólo día en el que no piense en vos.

Hablando bolazos la vas llevando, vas saliendo.
Hay que trabajar, hay que estudiar, hay que comer, hay, porque nuestra vida sigue, pero sobre todas las cosas, porque te ayuda.
Me ayuda. Me ayuda a olvidar la ausencia.

Esa ausencia que encuentro en las fotos. En la cama vacía.
En el silencio.

Todo esto sin que haya pasado un sólo día en el que no piense en vos.

Porque te quiero. Porque te extraño.




Eleonor, estas líneas que he cargado con todo mi amor son para vos. Sé que son poco o nada, pero es difícil para mí decir algo que en verdad signifique. Gracias por tu cariño y por todas las cosas que me diste, y en especial por una de ellas, que es la que hoy más quiero.
De ahora en adelante vas conmigo siempre.

 
martes, agosto 1
Rutina de fantasmas
Vuelvo a llegar. Las caras se muestran, como siempre, lánguidas.

Cuelgo mi abrigo, apoyo mi mochila en una silla. Llega la hora del saludo. Decido ahorrarme el cómo-te-va-bien-y-vos-bien.

Vuelan moscas al compás de un tango pésimo.

Silencio. El sonido de un auto doblando la esquina. Los mismos pensamientos de ayer.

Temí que me pasara. Yo siempre supe que esto no era para mí. Más aún, sé que faltan etapas que van a devorar lo que me queda de rebeldía. Hasta quedar al fin seco, limpio de sueños y expectativas propias, libre de extraños pensamientos y deseos de libertad. Seco, por sobre todas las cosas.

Vacío.

Se suceden las caras. Anoto una dirección que no voy a recordar. Tras un momento de abstracción me descubro hablando estupideces, muchas, con una persona de quien, singularmente, no conozco nada.

Va a llegar la media tarde y vendrá alguien más. Si no es él, o ella, será otro u otra.

Todos vienen a buscar lo mismo.

Porque a pesar de todo, algunas veces, algunas contadas veces, alguien se va de aquí bien, se va satisfecho, con menos peso, adelgazado de culpas. Limpio de extraños pensamientos podrá -piensa- gambetear al agobio y sus secuaces.
Agobio femenino y en su interior vacío, casi infinito.

Es un camino flechado. Una bizarra relación. No recuerdo cuantas veces estuve del otro lado.

¿Cuántas veces me habré ido mejor de un lugar sin haber dejado nada a nadie?

¿Será este rol la versión urbana del payaso de circo, maquillado de sonrisa para ocultar sus penas? ¿Cómo llamar a su público? ¿Por qué necesita de uno si en verdad no divierte?

Al verlo siento en mi interior como los espacios al reducirse se hacen más amplios, como encogerse es en realidad abarcarse menos.

Camas de una plaza. Mesas decoradas. Casas chicas, de ambientes reducidos, buscados especialmente al influjo de frases como "Es más fácil de limpiar", o "Es más calentita". Frases invariablemente destinadas a caer en esa móvil trampa de espacios, donde una televisión encendida puede ser la diferencia entre una casa pequeña y el desierto del Sahara.

Aunque en realidad sólo sea un féretro de ladrillos.

Un limón. Una botella de agua. Un cepillo de dientes.

Y el permanente escape a esa vida trémula lo encontrás en cada vecino, en cada conocido, en cada extraño interlocutor.

Cada palabra de ellos te carga de vida. Cada problema en común con otro es un alivio. Y la cuenta de aquellos que sin estar, al nombrarlos te engañan, y parece en verdad que existieran.
Hablás de tus hijos, hablás de tus nietos. Del primo aquél.

Me pagarías un abrazo si yo te lo vendiera. Yo sé que si te nombro la Navidad te doy una puñalada en el alma.

Y vos seguís escapando. Atrás de cada vecino y de cada conocido te escondés.
Detrás de cada mostrador.

En uno de ellos quizás me encuentres a mí. Cuando eso suceda, ¿qué vamos a hacer?

Si vos querés olvidar y yo ya te conozco. ¿Qué vamos a hacer?

¿No será que querés trocar papeles?

¿No será que ya lo habremos hecho?





Dedico este post a todos aquellos que viven, cenan y duermen acompañados únicamente por su propia soledad.